Tú empero habla las cosas que convienen a la sana doctrina:
2Los ancianos, que sean sobrios, graves, prudentes, sanos en la fe, en la caridad, en la paciencia.
3Las ancianas, asimismo, que se comporten santamente, que no sean calumniadoras, ni dadas a mucho vino, sino maestras de honestidad:
4Que a las mujeres jóvenes enseñen a ser prudentes, a que amen a sus maridos, a que amen a sus hijos,
5A que sean prudentes, castas, que tengan cuidado de la casa, buenas, sujetas a sus maridos; porque la palabra de Dios no sea blasfemada.
6Exhorta asimismo a los jóvenes que sean cuerdos.
7Dándote a ti mismo en todo por ejemplo de buenas obras: mostrando en la enseñanza, integridad, gravedad,
8Palabra sana, e irreprensible: que el adversario se avergüence, no teniendo mal alguno que decir de vosotros.
9Exhorta a los siervos, que sean sujetos a sus señores, que les agraden en todo, no respondones;
10En nada defraudando, antes mostrando toda buena lealtad; para que adornen en todo la doctrina de nuestro Salvador Dios.
11Porque la gracia de Dios que trae salud se ha manifestado a todos los hombres,
12Enseñándonos, que, renunciando a la impiedad, y a los deseos mundanales, vivamos en este siglo templada, y justa, y piadosamente;
13Esperando aquella esperanza bienaventurada, y la venida gloriosa del gran Dios y Salvador nuestro Jesu Cristo;
14Que se dio a sí mismo por nosotros, para redimirnos de toda iniquidad, y limpiar para sí un pueblo propio, seguidor de buenas obras:
15Esto habla, y exhorta, y reprende con toda autoridad: nadie te tenga en poco.